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Vivir en el tren

        Los recadistas viajaban en el tren, para lo que, cuando era posible, compraban abonos anuales. Las jornadas, seis días a la semana, en muchos casos eran interminables en las condiciones de hace cincuenta o sesenta años. De San Sebastián a Bilbao podía tardarse más de cuatro horas y de Mondragón a la capital donostiarra (con transbordo en Malzaga), entre ida y vuelta seis. Un buen conocedor del Alto Deba afirma "que en diecisiete años (1940/1957), el tren llegó una sola vez a la hora a Arrasate". En el caso de Oñate, todavía era peor, con dos transbordos (San Prudencio y Malzaga).

        Para los recadistas, eran especialmente penosos los cambios de líneas (de ferrocarril, como en Malzaga, o a éstas desde autobuses), con frecuencia disponiendo de muy poco tiempo para trasladar la mercancía en sucesivos viajes. Pero sobre todo, las habituales averías constituían una auténtica pesadilla, pues suponían desplazar del tren averiado al que venía en auxilio, todos los bultos que acompañaban al recadista. También los robos y las pérdidas suponían un quebranto importante, pues ni los seguros que cubrían estas contingencias se habían difundido, ni los recadistas los consideraban necesarios.

        Durante la post-guerra civil, el estraperlo, es decir, el comercio y hasta el simple traslado de artículos intervenidos por las autoridades, fue objeto de vigilancia hasta extremos que hoy resultan inimaginables, pues en cualquier lugar y sobre todo, en estaciones y trenes, la policía registraba paquetes, cuyo contenido no conocía el recadista, y personas. No es pues de extrañar que los recadistas fueran, en buena medida, víctimas de esta situación, porque según un veterano: "hacíamos lo que podíamos para aumentar los ingresos" y además, algunos artículos como el café, eran muy delatores por el olor que despedían. El tabaco era objeto de especial vigilancia, sin que se salvaran alimentos como harina, huevos o patatas.

        Los precios que cobraban los recadistas, variaban en razón de la distancia, pero sobre todo, del tamaño del objeto a transportar. Un sobre desde Mondragón/Oñate a San Sebastián, podía costar 1 peseta en 1940 y del orden de 3, una década más tarde. Una recadista con larga experiencia afirma que "manejábamos muchos sobres en todas las épocas".

        Los recadistas tenían su propio ambiente dentro del tren en el que viajaban, al menos una buena parte, en el anteúltimo vagón, pues el que cerraba el convoy solía ser el furgón "de cola", lo que les permitía mayor rapidez en las operaciones de descarga, sobre todo, en los transbordos. Sus entretenimientos principales durante el viaje eran la charla y lectura de periódicos, así como "hacer punto". En ocasiones, sobre todo los más jóvenes, acababan relacionándose con otros viajeros habituales de los trenes, como estudiantes, viajantes y trabajadores que se desplazaban del lugar de residencia al del empleo.

Iglesia

El recadista mondragonés Pedro Leturia Gallastegui (1.903/1.958) .

        En los años sesenta del siglo pasado, los recadistas que viajaban en el tren, empezaron a sentir la competencia de los que comenzaban a utilizar furgonetas y camionetas, cuyo uso se generalizó en los años siguientes. Inicialmente en algunos casos, estos vehículos solo se empleaban en la capital, continuando con el viaje en tren, lo que resultaba mucho más económico. En los siguientes años, los mayores fueron dejando este trabajo que habían tenido durante décadas y los más jóvenes, encontrando otros empleos. Como siempre ocurre en estas situaciones, los de más de cincuenta años se vieron mucho más afectados.

Recadista

Joven recadista en bicicleta por las calles de San Sebastián, hacia 1965/1970 (Fototeka Kutxa) .

        La función que desempeñaban los recadistas de tren, el transporte de casa a casa de paquetes y sobres, lejos de desaparecer, se ha incrementado, si bien, se lleva a cabo por empresas especializadas, de forma muy parecida, con medios más eficaces y mucho más costosos para el usuario. Pero lo cierto es, que ha desaparecido una forma de ocupación que contribuyó a paliar las penurias económicas, sobre todo, en la post-guerra. Los recadistas que viven, tienen un buen recuerdo del trabajo que desempeñaron, aunque posiblemente, la añoranza de otra época de su vida contribuya a este sentimiento.

 

Principales informantes:

Pepita Iriondo Lizarzaburu (1915)

Luciano Itxaso Soler (1923)

Juan Leturia Arrate (1927)

Conchita Unanue Egaña (1930)


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