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Recadistas por necesidad

        Los años de la post-guerra civil, sobre todo las décadas de los cuarenta y cincuenta, fueron extraordinariamente difíciles. Muchos cabezas de familia, entre ellos algunas viudas o cuyos maridos estaban huidos o encarcelados, se encontraron en la necesidad de sacar adelante su hogar y sus hijos, pasando a ser recadistas.

        Para ejercer esta actividad, sin medios propios de locomoción - pues de esto se trata - no era necesario tener una gran formación, no exigiéndose autorizaciones ni permisos. Hacía falta, eso sí, una buena salud, una gran disciplina en el cumplimiento de los encargos que les eran encomendados y una gran honradez. Porque a veces, se depositaba en los recadistas una gran confianza, pues se ponían en sus manos objetos y documentos de gran valor y, también, dinero líquido para efectuar pagos o al realizar cobros. Con el transcurso de los años, en muchos casos, este trabajo pasó de padres a hijos. Aunque no vestían ropas específicas de su trabajo, en general, trataban de que no dificultaran sus tareas y en el caso de los hombres, era casi obligada la boina.

        En todos los pueblos de cierta entidad había, como mínimo, un recadista y en los de más población, dos o tres, que eran muy conocidos. En unos casos, hacían diariamente el recorrido de ida y vuelta a una de las tres capitales y en otros, alternativamente, según días de la semana.

        Recogían los más variados paquetes y encargos en un piso o local y también en la propia estación. Los bultos los metían en cestos que llevaban consigo y los acomodaban debajo de los asientos o en las parrillas superiores de los vagones, de la manera más discreta posible, pues, sobre todo algunos interventores, más conocidos como "pica-picas", siempre estaban dispuestos a cobrar "un suplemento". Pero a partir de un determinado volumen, se veían obligados a facturarlos hasta destino como "mercancía acompañada", para lo que los metían primero en cestas de mimbre y luego en bolsas de tela, en ambos casos, protegidos con candados.

        En la época, era frecuente que tuvieran que llevar ropa y comida a las cárceles. También eran buenos clientes los sastres "a medida". Tenían muestrarios de telas y cuando conseguían pedidos, encargaban a los

Recadista

Recadista hacia 1950 (Cedida por Pepita Iriondo) .

recadistas que les trajeran lo que necesitaban. Lo mismo ocurría con las modistas y costureras, así como con algunas tiendas de tejidos. Los comercios también les encomendaban el transporte de algunos alimentos y sobre todo, licores que encargaban a los almacenes de la capital. En la época llevaban angulas, setas o caza de los pueblos, sobre todo a restaurantes y hoteles, de las poblaciones más importantes. También las zapaterías enviaban, a requerimiento de establecimientos de los pueblos, "dos o tres pares de zapatos para que eligieran".

        A los recadistas también se les encargaba la realización de numerosas gestiones, como proveer de impresos, entregar documentos en dependencias oficiales y realizar pagos, para lo que, habitualmente, se les entregaba dinero, en ocasiones, cantidades importantes sin que mediara recibo o justificante alguno. Las tareas ante las Administraciones Públicas eran las primeras que se llevaban a cabo, a fin de evitar las colas, tan frecuentes en la época.

        La industria de cada lugar utilizaba a los recadistas para envío de lo que producían, que fuera de poco volumen, no solo con destino a San Sebastián, Bilbao o Vitoria, sino a cualquier otro lugar, para lo que lo entregaban "en las agencias". Incluso las farmacias les entregaban recetas que llevaban a establecimientos de las capitales, pasando horas más tarde a recoger los remedios, que traían a sus pueblos. En algunas ocasiones se veían obligados a adelantar el dinero. En Navidades, a pesar de las dificultades de la época, eran numerosos los encargos de compra de lotería.

        En algún caso, los recadistas llegaron a convertirse en comisionistas. Cuando detectaban la necesidad de calzado, traían muestras (distintos números y colores, pero de un solo pie) y si vendían, cobraban una comisión al suministrador. En otras ocasiones, trataban de beneficiarse de las diferencias de precios de determinados productos entre las capitales (sobre todo Vitoria), donde compraban y los pueblos donde vendían.

        Entre los muchos encargos singulares cabe señalar, a título de ejemplo, la petición de agua de mar (posiblemente por prescripción médica), que el recadista recogió en la Concha donostiarra y entregó a un cliente de un pueblo guipuzcoano del interior. También es destacable, el que cada cierto tiempo un vecino le encomendaba que le diera “recuerdos” a un pariente que residía en la capital, hasta que el recadista acabó cansándose y pasándole una factura “por llevar recuerdos”, con lo que ya no se produjeron más encargos.

        Los recadistas de cierta entidad, tenían en cada capital una taberna u otro establecimiento donde acudir para depositar las mercancías que traían, o recoger las que tenían que transportar a su pueblo de origen. En San Sebastián era muy conocidos, por emplearlo varios, el Bar Benito o El Guria, en Amara, cerca de la Estación del ahora Eusko Trenbideak y El Zarauztarra en la Parte Vieja. Viajaban en los transportes públicos de la época, los tranvías, y se desplazaban en ocasiones en bicicleta. También contaban con ayudantes, a los que pagaban, sobre todo, para repartir los paquetes y encargos que les habían entregado sus clientes. En ocasiones, se distribuían el reparto entre ellos por zonas.

Recadistas

Recadistas a la salida de misa, a mediados del siglo pasado (Cedida por Pepita Iriondo) .

        Para el viaje de vuelta recogían los paquetes y encargos, como acabamos de señalar, en un lugar concreto e incluso, en la consigna de la Estación, aunque era habitual que estuvieran presentes unos treinta minutos antes de la salida del tren, recogiendo los encargos de última hora. Aunque era menos importante, los recadistas también se hacían cargo de paquetes para las estaciones intermedias del recorrido y a la llegada del tren, se asomaban a las ventanillas buscando a su ayudante o al destinatario.


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