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Basteros

        El hombre, desde tiempo inmemorial, ha utilizado a los animales en su propio beneficio, siendo su empleo en la agricultura y el transporte, muy importante hasta los años setenta del siglo XX, en que empezó a perder entidad como consecuencia de la creciente mecanización.

        Los animales se equiban con variados elementos, entre otros albardas, collerones, sillas, ramales o cinchas y tirantes, según las tareas que iban a llevar a cabo. Uno de estos útiles era el baste o basto, formado básicamente por una especia de almohada rellena de paja a la que adherían dos almohadillas laterales, también rectangulares del mismo material. Constituía la parte esencial del aparejo de carga que cubriendo los lomos del animal (sobre el que van los sacos, aperos, etc.) evitaba se le causen daños que, generalmente se manifiestan en forma de llagas y que facilitaban los acarreos.

        En opinión de Juan Garmendia Larrañaga (1), es un aparejo más resistente que la albarda, pudiendo cargar con más peso por su sólida armadura, utilizándose con preferencia en terrenos accidentados.

        El artesano especializado en su fabricación era el bastero que debía conocer muy bien la anatomía de los animales y, como en otros oficios, poseer una notable destreza manual. Debido a la escasa inversión que requiere esta actividad en herramienta, utillaje y materiales, así como el reducido espacio necesario, el trabajo habitualmente lo realizaban en su propio domicilio.


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