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Formación

       Los faros durante siglos cumplían su objetivo mediante fuego encendido con madera o hulla, y más tarde sebo, que ardía en hogares a cielo abierto y que arrojaban poca luz sobre todo cuando la humareda aumentaba en densidad debido a la humedad del combustible. De día esta especie de nube servía de orientación a los navegantes pero de noche era necesario conservar la llama, lo que constituía un serio problema. Pero es sobre todo a partir de finales del siglo XVIII cuando se aceleran las innovaciones tecnológicas (a lo que también contribuyó el aumento del calado y tonelaje de los barcos con los consiguientes mayores peligros de la navegación costera y de las recaladas) hasta llegar a los complejos sistemas actuales.

       A todos estos cambios han tenido que adaptarse los "servidores de las torres" de los que hay referencias (sobre contrataciones, retribución, etc.) desde fines del siglo XIV. Mucho más tarde (Real Orden del 18 de octubre de 1.849) se puso en marcha la Escuela de Torreros de Faro Impartiendose las enseñanzas en la Torre de Hércules de Coruña. Las primeras reglamentaciones se promulgan a mediados del siglo XIX (Real Orden de 21 de mayo de 1.851) por la que se aprobó el Reglamento de Torreros, que treinta y cinco años más tarde ya contaba con 335 dedicados a esta profesión de los que 36 eran torreros mayores, 79 primeros, 96 segundos y 124 terceros.

       Para el ingreso en el "cuerpo de torreros" se han convocado exámenes en los que además de las condiciones habituales de edad, salud, buena conducta etc., se exigía "poseer algún oficio como cerrajero, ajustador mecánico, montador electricista u otros análogos, demostrándolo de un modo práctico", así como "haber practicado durante tres meses en señales marítimas y en determinadas condiciones". En igualdad de circunstancias eran preferidos, entre otros, los hijos de los torreros.

       En la formación de los fareros tradicionalmente se ha dado gran importancia a la capacidad manual por así exigirlo su trabajo, que había que desempeñar en muchas ocasiones aislado, siendo necesario resolver por sí mismo los numerosos problemas que se presentaban en el desempeño de la profesión. Pero en opinión de los viejos torreros, sólo se lograba dominar el oficio con una dilatada experiencia. Además eran necesarias unas determinadas condiciones personales que permitieran adaptarse a las circunstancias en que tenían que desenvolverse.

Igeldo

El faro de Igeldo a principios de siglo. Embarcaciones en la bahía y un paseo de la Concha muy distinto al actual. (Fototeca Kutxa).

 

1 FAROS DEL PAÍS VASCO. Eduardo Sanz, Ricardo Toja. Caja de Ahorros Vizcaína

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