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Calafateadores

        La construcción de barcos de madera para la pesca y el transporte marítimo fue una actividad muy importante en las zonas costeras de nuestro país hasta fines del siglo XIX en que empezó a declinar por la competencia de las embarcaciones de casco de hierro. Sin embargo transcurrido más de un siglo con grandes avances en los materiales disponibles y en las tecnologías de producción, se siguen manteniendo en activo algunos astilleros que utilizan las primeras materias y los sistemas tradicionales.

        Esta actividad requería un notable número de artesanos especializados como los carpinteros de monte y de ribera, herreros navales, cordeleros o los calafateadores, además de peones dedicados a diversas tareas. Resulta cuando menos llamativo que hace ciento treinta años en las plantillas de algunos astilleros aparezcan "cosedoras y costureras de velas" junto a hombres que desempeñaban las mismas tareas.

        Los calafateadores tuvieron en el pasado una gran importancia, no solo por representar una parte sustancial en las plantillas de los astilleros sino, en ocasiones, por la destacada función que desempeñaban como

Mutriku

Los pescadores de Mutriku se preparan para la temporada de pesca calafateando las embarcaciones. Los primeros años del siglo XX .

integrantes de las tripulaciones. Luis Martínez Kleiser (1) manifiesta que “la ermita de Santiago prestó valiosos servicios en la antigüedad; en 1557 se concedió autorización al agente que calafateaba barcos en el arenal de Zumaia, para alojarse en casa de la freira de dicho templo”. En el Astillero Real de Zorroza en el siglo XVIII de un total de 240 trabajadores, hasta 104 eran calafates además de "dos hiladoras de estopa" (2).

        Su  trabajo consistía básicamente en cerrar las junturas de las maderas de las embarcaciones para evitar que el agua se filtre en el interior. Para conseguirlo introducían en las ranuras materiales como estopa o algodón, utilizando herramientas específicas, y las cubrían con masilla, brea o pintura.

        El calafateado de las embarcaciones de madera necesariamente debía llevarse a cabo como parte del proceso de su construcción y además  cada determinado tiempo, como máximo un año, para su correcto mantenimiento. Incluso en los barcos de hierro cuyas cubiertas con frecuencia son de madera resulta necesaria esta operación.

        Se trataba de un trabajo básico en los astilleros y de gran responsabilidad, pues en caso de no llevarse a cabo correctamente una vez botada la embarcación, podían producirse vías de agua, obligando a sacarla a tierra para corregir los defectos observados. Las anomalías incluso podían  afectar a la estanqueidad del casco y en caso de detectarse lejos del puerto podía influir negativamente en la seguridad de los tripulantes.

        Tradicionalmente el oficio de calafate de acuerdo con la reglamentación impuesta por el gremio, clasificaba a los trabajadores en maestros, oficiales y aprendices debiendo contar con la experiencia y superar las pruebas establecidas para alcanzar la categoría superior.

        En las últimas décadas se aprendía por la observación de los discípulos del trabajo de los maestros, iniciándose en la profesión, habitualmente desde joven. Dada la reducida dimensión de nuestros astilleros no siempre se disponía de embarcaciones para calafatear por lo que con frecuencia estos trabajadores compatibilizaban las tareas de su especialidad con otras ocupaciones. En muchos casos los carpinteros de ribera también realizaban labores de calafateado.

Carballo

Fotografías de Javier Carballo.

 

(1) La villa de Villagrana de Zumaya. Luis Martínez Kleiser. Asociación de Comerciantes “Elkar”. Zumaia. 1983.

(2) Paisaje naval, construcción y agentes sociales en Vizcaya desde el medioero  a la modernidad. Ana María Rivera Medina, la construcción naval en el País Vasco pag. 49-92 Museo Naval San Sebastián. 1998.

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