Hasta mediados del siglo XX, los componentes de las cuadrillas o brigadas, que eran de unos cinco trabajadores pudiendo llegar a tener hasta veinte en algunos casos, eran trabajadores eventuales de las empresas eléctricas, excepto el capataz y su ayudante, que eran fijos, siendo mayoritariamente originarios del país, destacando por su número, los navarros.
Los primeros años noventa del siglo XX, el montaje y reparación de los tendidos eléctricos, seguía teniendo características propias (Fotos Javier Carballo, 1992).
Terminada la instalación de una línea, era frecuente que los trabajadores más cualificados quedaran contratados indefinidamente y asignados a su conservación y revisión, lo que hacían periódicamente caminando a lo largo del trayecto que tenían asignado para comprobar su estado, lo que actualmente se sigue llevando a cabo. Disponían de casetas que servían de almacén de herramientas e incluso de vivienda.
Posteriormente, los trabajos de instalación de líneas se adjudicaban a contratas que disponían de carros, bueyes y mulos conducidos por macheros, uno por cada cuatro caballerías, para efectuar el transporte, siendo numerosos los trabajadores, procedentes de Zamora y Burgos, entre otras.
Los "linieros" se hospedaban en alguna población cercana al lugar de trabajo y se desplazaban sentados sobre bancos corridos, colocados en la parte posterior de camiones cubiertos por un toldo. De la misma forma volvían al acabar la jornada (e incluso al mediodía).
En invierno, la duración de la jornada habitual de 8 horas diarias, estaba limitada por la luz solar y se trabajaba incluso, con muy mal tiempo, y sólo se interrumpían las labores, en caso de fuerte tormenta, no solo por el barrizal que podía producirse, sino por el peligro de los rayos que
Recuerdo a los cinco muertos en accidente eléctrico, a fines de 1917, en el camino del Santutxu de Santa Engracia al caserío Ecenarro en Zestoa (Gipuzkoa). (C.U. 02/2000).
Los trabajadores tenían sus categorías profesionales y correspondientes salarios y dentro de cada una de ellas se utilizaba el llamado "mérito", que se valoraba de 1 a 4 puntos y que asignaba el encargado, suponía un complemento económico que podía ser importante. En 1953, recibían una dieta diaria de 35 ptas. en concepto de alojamiento y manutención, que solo les costaba del orden de 20 ptas. Las condiciones laborales de los trabajadores de las contratas, eran algo peores, pernoctando frecuentemente en barracones junto a la línea en construcción, y a veces en tiendas de campaña, haciendo uno de ellos, el ranchero, las funciones de cocinero.
Aunque en nuestros días las características esenciales del trabajo del “liniero” son las mismas, las tareas son más fáciles pues en los trazados no se busca la línea recta, sino que se aprovecha la orografía para que el impacto ambiental (visual) sea menor, los accesos para la construcción y el mantenimiento son más fáciles, etc., es decir se optimizan valores distintos a los del pasado.
Pero la característica del “liniero” como hombre avezado y de grandes recursos que los mismo tiene que defenderse en nuestros montes de un perro celoso que de ganado montaraz, que ve perturbada su tranquilidad, sigue vigente.
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