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Linieros

        El hombre desde tiempo inmemorial ha tenido necesidad de alumbrarse al faltarle la luz natural, para lo que ha utilizado desde hogueras, hasta diversos materiales, como grasas y betunes, depositados en variados útiles fabricados manualmente para esta finalidad.

        Aunque el empleo de teas, antorchas y hachas de cera supuso un progreso importante en el pasado, a la iluminación pública e incluso a la privada, se le prestó poca atención.

        Hasta fechas todavía relativamente recientes, al toque de oraciones se cerraban todos los establecimientos y viviendas, quedando las calles completamente a oscuras, por lo que los que se veían obligados a transitar por las mismas, se ayudaban con linternas de mano, de papel o de tela, en la que se encajaba una cajita redonda que servía de fondo y en la que se colocaba una lamparilla. Los numerosos atropellos y robos, obligaron a las autoridades a imponer severos castigos y a acelerar el alumbrado público. Como hecho curioso cabe señalar que a finales del siglo XVII se estableció en París un servicio de porta-linternas, que suministraba luz mediante el pago de un precio.

        Un avance sustancial fue la implantación, primero en la capital, después en las principales ciudades francesas, de un sistema de linternas públicas situadas una en el centro y otra en cada esquina de la calle, que se encendían solo en determinadas horas del invierno, o en otras épocas del año "en las noches sin luna". A lo largo del siglo XIX, los progresos fueron muy importantes con el alumbrado por petróleo y gas y más tarde, la electricidad. En España, hasta el Real Decreto del 28 de noviembre de 1.858 del Ministerio de Fomento, no se estableció la asignatura de Aplicaciones de la Electricidad y la Luz, en las Escuelas Superiores de Ingenieros Industriales.

        En el País Vasco la evolución del alumbrado  tuvo básicamente las mismas características, con un gran desarrollo de la energía hidráulica aplicada directamente en las ferrerías y molinos situados en la orilla de los ríos y de forma creciente a las empresas. En el último tercio del siglo XIX son numerosas las iniciativas para la producción de electricidad, desde el montaje, en 1.883, de una central accionada por motores de vapor, para el balizado del puerto exterior del Abra, hasta la constitución de numerosas  sociedades especializadas, recibiendo el alumbrado público un gran impulso. La mayor parte de las primeras instalaciones eran de motores térmicos de gas pobre, que accionaban dinamos de corriente continua y solo se utilizaba la energía hidráulica cuando el consumo se encontraba cerca del salto de agua.

        La aplicación generalizada de la corriente alterna, a partir de mediados de la última década del siglo XIX y su aptitud de ser transformada a altas tensiones (voltajes), posibilitó el transporte de la electricidad a grandes distancias, con reducidas pérdidas, lo que supuso un cambio fundamental, contribuyendo de forma muy importante al desarrollo industrial y tecnológico. Sin embargo, transcurrido medio siglo la disponibilidad de energía eléctrica en nuestro país dejaba mucho que desear, como puso de manifiesto en 1935 (sesión celebrada el 13 de abril), el concejal comisionado de luz y agua del Ayuntamiento de Bergara, al manifestar "con ser desolador el cuadro que ofrecen las instalaciones del servicio municipal de agua, no es menos lamentable y entristecedor las del fluido eléctrico para el alumbrado publico y particular".

        En el medio rural hay que separar a los primeros años setenta del siglo pasado (planes de electrificación) para que se registraran avances sustanciales.

        Una de las nuevas actividades de relativa poca entidad económica, pero que requería trabajadores expertos que desempeñaran su oficio, muchas veces en adversas condiciones medio-ambientales, fue la de los montadores de tendidos eléctricos, "los linieros".


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