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Los forjadores

         Los forjadores trabajaban habitualmente en equipo formado por 3 ó 4 hombres. Uno de ellos accionaba la maza del matxino por medio de una palanca, haciéndola subir y dejándola caer, de mayor a menor altura, según la fuerza necesaria para la obtención de la pieza.

         Los otros forjadores sacaban las barras del horno, cuando habían alcanzado la temperatura necesaria (unos 1.150° C), sujetándolas con la mano por el extremo frío, o con tenazas los tochos, y colocándolos encima de la estampa inferior. Tras los golpes necesarios retiraban la barra con la pieza estampada en su extremo, la cortaban con la cizalla y volvían a introducir la barra en la boca del horno, sacando seguidamente una nueva, con su extremo caliente. Este ciclo de trabajo lo repetían varios forjadores uno detrás de otro.

Palanca

El trabajador del fondo, a la derecha, acciona el mazo mediante una palanca. El primero a la izquierda prepara la barra y el segundo la presenta para el forjado (Foto Amaia Ros 05.1996)

         La temperatura se controlaba visualmente "a ojo" por el color del hierro hasta alcanzar el "amarillo-claro" que se corresponden con los citados 1.150° C, que es la adecuada para la forja por estampa. Con esta finalidad alimentaban el horno con más o menos carbón o controlaban el paso del fuel-oil, todo ello manualmente, hasta que hacia los años 1.960 se introdujeron controles de temperatura automáticos.

         En el caso de que a su juicio la pieza no estuviera suficientemente caliente, detenían su trabajo y esperaban el tiempo necesario hasta alcanzar la temperatura deseada.

         Frecuentemente trabajaban durante 40 ó 45 minutos pasando a descansar 10 ó 15, en los que era corriente verlos asomados a la puerta de la forja, para salir del ambiente de calor y humo del interior.

         Entre sus obligaciones también estaba la de cuidar que las dos estampas no se desplazaran de su posición por efecto de los golpes, para lo que periódicamente comprobaban visualmente las piezas estampadas. En caso de que se hubieran desplazado debían volverlas a su posición adecuada a base de golpes dados con una porra de unos 10 kgs., impulsada con la fuerza de sus brazos. Lo mismo ocurría cuando debían de cambiar las estampas y colocar una nueva pieza.


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